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¿Y Si Amar No Requiere Que Yo Sufra?

(Inspirado en los primeros capítulos de Fearlessness)



He estado escuchando nuevamente a Anthony de Mello y, como suele ocurrirme con él, algo en mí se abrió con una mezcla de suavidad y claridad. Habla de la vida como un banquete que ya está servido, lleno de abundancia, y sin embargo la mayoría vivimos como si estuviéramos hambrientos. No porque la alegría no exista, sino porque no la vemos.


Habla mucho del condicionamiento. De esas creencias invisibles que heredamos sobre el amor, la lealtad, el éxito, la compasión. Y mientras lo escuchaba, empecé a notar algo muy sutil dentro de mí: una creencia que nunca elegí conscientemente.


Cuando alguien muy querido atraviesa una dificultad, algo en mi cuerpo se contrae. No es un pensamiento claro, es más bien un reflejo. Como si existiera un contrato silencioso que dice: “Si esa persona sufre, tú también debes sufrir. De lo contrario, no estás amando de verdad.”


Nunca habría dicho que creo eso. Y sin embargo, al mirar con honestidad, sentí que esa programación estaba ahí. Disfrazada de profundidad, de lealtad, incluso de nobleza.


Al mismo tiempo, me di cuenta de algo que me sirvió como espejo. Cuando acompaño a mis pacientes, los amo profundamente. Estoy presente con su dolor, siento sus emociones, los escucho con atención real. Pero no absorbo su sufrimiento. No me desestabilizo por dentro. No me dejo arrastrar por el caos. Y, aun así, la conexión es auténtica — a veces incluso más profunda precisamente porque es clara.


Esa diferencia me hizo cuestionar algo fundamental.


¿Y si amar no requiere que yo sufra?

¿Y si la compasión no exige que me perturbe por dentro para demostrar que me importa?


De Mello dice que cuando el ojo está libre de obstrucciones, ve. Cuando el oído está libre de obstrucciones, oye. Cuando la boca está libre de obstrucciones, saborea. Cuando la mente está libre de obstrucciones, percibe la verdad. Y cuando el corazón está libre de obstrucciones, siente amor y alegría de manera natural.


No hay que fabricar nada nuevo. Solo hay que remover lo que obstruye.


Una de mis obstrucciones era la creencia de que sufrir juntos equivale a amar. La idea de que la lealtad implica fusión emocional. La presión silenciosa de sentir que debo regular, sostener o cargar el estado emocional del otro para sentir que estoy conectada.


Cuando lo vi con claridad, algo se aflojó en mi pecho.


No dejé de amar.

No dejé de acompañar.

No dejé de estar presente.


Lo que cambió fue la resistencia interior, el esfuerzo por controlar, por cambiar al otro, por hacer que sienta lo que yo creo que debería sentir. Al soltar esa necesidad, apareció algo más sabio.


Estar presente en amor y aceptación total del otro — de sus emociones, de su proceso, de su momento — sin intentar dirigirlo, sin absorberlo, sin imponerle mi idea de cómo “debería” estar, crea una conexión mucho más real.


No es una conexión basada en el caos compartido, sino en la presencia consciente.


Es la misma cualidad que experimento en consulta: cuando no intento arreglar, cuando no intento salvar, cuando simplemente estoy, surgen palabras más claras, surge comprensión más profunda, surge verdadera sabiduría.


Tal vez la alegría no es la ausencia de dificultad.

Tal vez la alegría es la ausencia de resistencia interior.


El banquete nunca dejó de estar ahí. Lo que me impedía verlo era mi programación.


Y cuando una creencia cae — aunque sea suavemente — algo se despeja. Se puede ver con más claridad. Se puede escuchar con más apertura. Se puede amar sin necesidad de sufrir para probarlo.


¿Y si amar no requiere que yo me perturbe?

¿Y si la conexión más profunda nace cuando dejo de resistir lo que es?


Estas preguntas ya no son teóricas para mí. Son vividas.


Katiana

 
 
 

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