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Lo Que He Aprendido Sobre la Sanación Interior

Permitir que la presencia guíe



Mientras estaba escribiendo este artículo, alguien muy querido me llamó en un estado de ansiedad intensa.


Su voz estaba tensa. Su respiración, corta. Mientras lo escuchaba, sentía movimiento en mi pecho — no pánico, no desbordamiento, solo sensación. No intentamos eliminar la emoción. Nos quedamos con ella. Le pedí que notara lo que estaba sintiendo y que calificara la intensidad. Poco a poco, al permitir la sensación en lugar de luchar contra ella, su voz empezó a suavizarse. Me dijo que la intensidad estaba bajando.


La calma no llegó porque la forzamos. Llegó porque la emoción por fin fue permitida.


Ese momento refleja lo que he aprendido en mis sesiones de sanación.



Cómo llegan las personas


Las personas que vienen a mis sesiones de sanación no llegan de una sola manera.


Algunas llegan llorando. Otras llegan aparentemente tranquilas, pero por dentro están saturadas. Hay quienes vienen con pensamientos acelerados, resistencia, preguntas fuertes o una intención clara de transformar algo en su vida. Otros se sienten desconectados de sí mismos, aunque no sepan exactamente cómo explicarlo.


No intento moldear cómo deberían llegar. Las encuentro donde están. Empezamos por lo que está presente.


Si alguien necesita hablar, habla. Si alguien necesita sentir, sentimos. Si necesita claridad mental, exploramos sus pensamientos. Si el cuerpo está más presente, seguimos la sensación.


Ven tal como estás.



Mente y cuerpo: dos puertas


Trabajo tanto con la mente como con el cuerpo, y con el tiempo he entendido que cualquiera de las dos puede abrir todo el sistema.


Hay sesiones en las que una nueva claridad mental trae alivio inmediato al cuerpo. Una comprensión reorganiza todo. Los hombros se sueltan. La respiración se profundiza. A veces se siente casi mágico.


En otras ocasiones, permitir la sensación en el cuerpo despeja la mente sin necesidad de forzar ninguna conclusión. Los pensamientos se ordenan solos.


Y muchas veces nos movemos entre las dos.


Hubo un tiempo en el que creía que una era más importante que la otra. La experiencia me ha mostrado que ambas son esenciales. Cuando se integran, el cambio es más profundo y más completo.


Sanar, como lo veo hoy, no es escoger una puerta. Es reconocer que están conectadas.



Entrar en lo desconocido


Una de las cosas más importantes que he aprendido es a sentirme cómoda sin saber.


No entro a una sesión creyendo que ya entiendo a la persona que tengo al frente. No la diagnostico mentalmente antes de que hable. No impongo una teoría sobre su experiencia.


Antes lo hacía más. Interpretaba rápido. Eso lo he ido soltando.


Ahora permito que la presencia guíe.


Eso significa que me quedo completamente aquí, no en mi mente tratando de arreglar o controlar. Me quedo con lo que está sucediendo y dejo que lo que tenga que desplegarse, se despliegue.


Se siente como entrar juntos a una casa oscura. La persona me va mostrando los cuartos. Me muestra los rincones que no entiende o que le generan miedo. Caminamos despacio. Observamos. Empezamos a conectar lo que antes parecía desconectado.


Cuarto por cuarto, se enciende la luz.


Al final, muchas veces todo se ve evidente. Lógico. Claro.


¿Cómo no lo había visto antes?


Pero la claridad no aparece por forzar una respuesta. Aparece por permanecer en lo desconocido el tiempo suficiente para que la estructura se revele.


Ese espacio de no saber también es donde surge la creatividad. A veces aparece una pregunta que no tenía planeada. A veces una imagen. A veces una nueva forma de respirar o de usar la voz. A veces una meditación que se va construyendo en el momento. A veces una metáfora o una visualización que se siente completamente hecha a la medida de la persona que tengo enfrente. A veces silencio. A veces risa.


Cada sesión es distinta. Incluso si algo funcionó de manera hermosa con otra persona, no me aferro a repetirlo. El momento es nuevo. La persona es nueva.


Me mantengo plenamente presente y dejo que lo que tenga que desplegarse, se despliegue.



Cómo ocurre el cambio


No suelo notar un punto dramático donde todo gira de repente. El cambio casi siempre es sutil.


Alguien puede llegar tenso y poco a poco suavizarse. La respiración se vuelve más profunda. La voz más estable. El cuerpo deja de sentirse inflado o contraído.


Y entonces aparece una realización tranquila.


“Nunca lo había visto así.”


“No pensé que esto fuera posible.”


“Siento alivio.”


A veces hay entusiasmo, casi como fuegos artificiales. Otras veces hay una calma profunda, una paz real y aterrizada.


No hay garantía en este trabajo. No puedo prometer resultados. La sanación no es algo que yo imponga ni entregue sola. Se da a través de la disposición, la honestidad y el coraje de la persona para quedarse en su proceso.


Lo que sí he observado, una y otra vez, es que cuando la claridad se integra tanto en el cuerpo como en la mente, permanece.


No porque la vida se vuelva perfecta.


Sino porque algo se reorganiza desde la raíz.



Lágrimas y conexión


Cuando alguien llora, a veces yo también permito que las lágrimas salgan.


No desde el desbordamiento. No porque me desestabilice. Sino porque estoy sintiendo profundamente con esa persona, sin resistencia. La emoción puede atravesarme sin quedarse atrapada.


Estoy firme dentro de ella.


Y ese permitir compartido muchas veces le da permiso a la otra persona para seguir soltando. Crea conexión. Le comunica, sin palabras, que no está sola en lo que siente.


Su experiencia es suya. La mía es mía. No proyecto mi historia sobre la suya. Exploro su experiencia con ella.


Si en algún momento siento sufrimiento o resistencia dentro de mí, lo tomo como mi propio trabajo. Eso es empoderamiento, no culpa. Si algo duele en mí, me pertenece.


La mayoría de las veces ahora hay muy poca resistencia.



Lo que maduró en mí


Al inicio de mi práctica, muchas veces salía de las sesiones sintiéndome eufórica — expandida, casi elevada por la intensidad de la transformación.


Hoy me siento más neutral. Tranquila. Estable.


Lo que maduró en mí fue esto: solté la responsabilidad de “sanar” a la otra persona.


Guío. Pregunto qué piensan. Comparto lo que veo y les pregunto si resuena con ellos. Son libres de no estar de acuerdo. Son libres de resistirse. Honro su percepción. Aquí no hay jerarquías.


Exploramos juntos.


Permito que la presencia guíe.


Y desde ese lugar, la sanación se despliega a su manera.



Al final


Esto no es un método rígido. Es lo que he aprendido.


Estoy cómoda sin saber.

Permanezco presente.

Trabajo con mente y cuerpo.

Honro la individualidad.

Permito la creatividad.


Y poco a poco, como cuando caminamos por una casa oscura y vamos encendiendo las luces una por una, todo se vuelve claro.


No porque lo forcé.


Sino porque fue permitido.


Katiana

 
 
 

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