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Dejé La Religión Pero Encontré a Dios


Parte I — Cómo comenzó todo

Dejé el cristianismo en el 2012. O tal vez sería más exacto decir que el cristianismo me dejó a mí — no como un abandono, sino como un final natural, como cuando algo que ya no te queda simplemente deja de pertenecerte.

Yo no decidí dejar de creer. Simplemente vi algo que ya no podía dejar de ver. Y una vez uno ve, ya no puede volver a no ver.

Pero esta historia no comienza en el 2012.

Comienza mucho antes, con una niña pequeña sentada en la iglesia, escuchando a adultos gritar sobre el infierno.


Cómo entró el cristianismo en mi familia

Mucho antes de que yo naciera — más de veinte años antes, cuando mi papá todavía era muy joven — algo ocurrió en su familia que lo cambió todo.

Una tía mía tenía un hijo que se enfermó gravemente. Personas de una iglesia pentecostal oraron por él, y él se recuperó. Ese niño creció. Hoy es un hombre mayor, pastor, y un ser humano hermoso. Pero esa sanidad se convirtió en la puerta por la que una parte de mi familia entró en un mundo de creencias que, con el tiempo, también moldearía mi vida.

Para ellos, esa iglesia se convirtió en la verdad. No en un camino entre muchos. No en una forma de amar a Dios. La verdad. Y esa verdad venía con reglas muy claras. Para agradar a Dios, las mujeres debían usar faldas largas, mangas largas, el cabello largo, nada de maquillaje. Los hombres dirigían. Las mujeres servían. Las mujeres no podían liderar.

Los pastores predicaban a todo pulmón, domingo tras domingo, con palabras llenas de miedo, urgencia y advertencia. Éramos pecadores. Éramos malos, y si no obedecíamos a Dios, si no nos manteníamos santos, si nos salíamos del camino, nos iríamos al infierno. Y el infierno no era una metáfora. El infierno era eterno. El infierno era fuego, y el dolor nunca se acabaría.

La Biblia era la Palabra irreprochable de Dios. Dios jamás permitiría que fuera manipulada, y las personas que pensaban eso eran consideradas influenciadas por el diablo. Teníamos que creer la Biblia exactamente como estaba escrita. No era simbólica. Era literal en todos sus sentidos.

Mis papás no eran las personas más devotas dentro de ese mundo. Iban a la iglesia, pero no todas las semanas, no con la intensidad que algunos esperaban. Y los familiares del lado de mi papá les decían que estaban haciendo mal. Que no estaban yendo lo suficiente. Que estaban poniendo sus almas en riesgo. Yo escuchaba esas cosas siendo una niña pequeña y las absorbía en silencio.


Cómo lo viví siendo niña

Pero esto es lo que quiero decir claramente sobre esa niña.

Ella no estaba allí solamente por miedo. Ella quería ir a la iglesia. Quería encontrar a Dios. No le gustaba su vida tal como era; anhelaba algo más, algo real, algo que la sostuviera por completo. Anhelaba que Jesús regresara, que la amara, que la hiciera sentir segura y que se la llevara con él. Ese anhelo era sincero. Era urgente. Era lo más honesto que había en ella. Así que hacía todo lo que podía para asegurarse de ser digna de eso. Oraba. Trataba de ser buena. Trataba de ser pura. Buscaba a Dios con todo lo que una niña pequeña podía entregar.

Y en medio de todos los gritos, en medio del miedo y de las advertencias sobre el infierno, ella lo sentía. De verdad. Ese llamado hacia Dios era real. No era algo que la iglesia le hubiera dado. Era algo que ella ya traía consigo.

Yo tuve una relación real con Jesús desde el principio. Le hablaba. Lo sentía cerca. Esa presencia simplemente estaba ahí, natural y silenciosa, debajo de todo lo demás. Y porque lo amaba tanto, decepcionarlo me resultaba insoportable.

Siendo niña, también empecé a absorber las reglas de ese mundo. Aprendí que había cosas que supuestamente Dios aprobaba y cosas que podían ponerlo triste, decepcionado o bravo conmigo. Aprendí que las mujeres tenían que vestirse de cierta manera, comportarse de cierta manera, servir de cierta manera. Aprendí que la santidad tenía una imagen. Aprendí que la obediencia estaba conectada con la salvación. Y como era una niña, no sabía cómo separar a Dios del miedo que rodeaba a Dios. Simplemente lo absorbía todo.

Yo amaba la música. Amaba bailar. Amaba cantar — tanto música cristiana como música no cristiana. Esas cosas estaban vivas en mí. Se sentían completamente naturales, llenas de alegría. Y en lo profundo, una parte de mí ya sentía que no había nada malo en ellas.

Pero la iglesia enseñaba que cantar o bailar música no cristiana era pecado. Que Dios se pondría triste. Que Dios se sentiría decepcionado o enojado conmigo, o que me quitaría su bendición. Y cuando las personas a tu alrededor dicen algo con suficiente certeza y suficiente vergüenza, empiezas a dudar de tu propio saber interno.

Tal vez yo sí le estaba fallando. Tal vez simplemente no era capaz de controlarme lo suficiente. Tal vez no era lo suficientemente pura, lo suficientemente santa, lo suficientemente disciplinada para Él. Ese pensamiento a veces pesaba mucho dentro de mí.

Así que me escondía. No porque lo planeara. No porque entendiera del todo por qué. Simplemente lo hacía, como hacen los niños cuando todavía no tienen palabras para nombrar lo que sienten. No fue fácil cargar con todo eso siendo niña y luego adolescente. El amor por Jesús empujándome hacia adelante. El miedo de decepcionarlo justo detrás. La alegría de la música y del baile viva en mi cuerpo. Y la vergüenza cayendo encima de todo eso, haciéndome preguntarme si de verdad le estaba dando lo mejor de mí.


Mi adolescencia y el encuentro con una nueva iglesia

Cuando llegué a la adolescencia, algo empezó a cambiar en mí. Empecé a ir más a la iglesia por mi propia cuenta, no solamente porque mi familia iba, sino porque yo quería. Yo estaba buscando. Quería más de esa conexión, más de Jesús, más de eso que yo sentía real y verdadero debajo de todo lo demás.

Por esa misma época, encontré una nueva iglesia que quedaba a una distancia que podía caminar, así que podía ir sola. El pastor era un amigo de infancia de mi papá, y no predicaba gritando. Lo recuerdo como un hombre amable, tierno, y genuinamente hermoso en mi vida. Su esposa era muy linda, y me hice amiga de sus hijos. Me sentía bien con ellos, segura de una manera que no había sentido antes, y poco a poco empecé a involucrarme más en la iglesia. Había calidez en ese lugar. Había algo más abierto, algo que me permitía respirar un poco más. Y lo amé completamente.

También fue por esa época que me bauticé. En ese mundo religioso, el bautismo no era algo pequeño. Era la línea entre la salvación y la condenación. O estabas bautizado y salvo, o estabas por fuera, camino al infierno. Eso incluía a todos: vecinos, amigos, personas que yo amaba y que nunca habían puesto un pie en esos cultos. El peso de eso era enorme, aunque todavía no tuviera palabras para explicarlo.

Alrededor de los quince años, empecé a hablar en lenguas. Y esa experiencia fue real: algo estaba sucediendo dentro de mí. Yo estaba buscando a Dios a través del único lenguaje que me habían dado.


Cuando empecé a involucrarme más en la iglesia

Entré al grupo de música. Cantaba. Predicaba. Les enseñaba la Biblia a los niños. Ese fue el comienzo de mi vida como líder cristiana. Y hubo cosas genuinamente hermosas en esa etapa: comunidad, amistad, música, el valor de hablar frente a otros, un lugar donde servir y donde sentir que confiaban en mí.

Amé a muchas de esas personas. Todavía las amo.

Pero siempre había otro peso corriendo por debajo de todo, uno que se fue haciendo más pesado a medida que crecí. Nos enseñaban que las personas fuera de la iglesia estaban perdidas, separadas de Dios, en peligro de ir al infierno. Y si de verdad las amábamos, teníamos que alcanzarlas. Teníamos que hablarles de Jesús. Su salvación estaba, en parte, en nuestras manos.

Así que incluso el amor se enredó con responsabilidad y miedo. Si yo me quedaba callada frente a alguien que no conocía a Dios, ¿qué decía eso de mí? Si no hablaba, si no intentaba, ¿les estaba fallando a ellos? ¿Le estaba fallando a Él?

Esa culpa me seguía a todas partes.

Y junto con eso estaba la presión de ser perfecta: ser lo suficientemente santa, lo suficientemente pura, lo suficientemente constante en mi fe. En la iglesia, la alegría se presentaba como prueba de cercanía con Dios. Entonces, cuando me sentía pesada, confundida o simplemente humana, lo interpretaba como un fracaso espiritual. Me examinaba constantemente. Pedía perdón de manera obsesiva. Trataba de purificar mis pensamientos, mis sentimientos, mis impulsos.

Pero la perfección nunca llegó. Esa búsqueda constante de pureza total muchas veces me hacía sentir que no alcanzaba las expectativas que llevaba por dentro. Y aun así, al mirar hacia atrás, también puedo ver algo tierno en eso: ese deseo de ser pura creó en mí un corazón más honesto, un corazón que de verdad quería amar a Dios con todo lo que tenía.

Y debajo de todo eso había una pregunta que nunca lograba silenciar por completo: ¿cómo podía un Dios que era amor puro mandar a las personas a arder para siempre? Algo en mí siempre encontró eso difícil de sostener. Pero en la iglesia, dudar se sentía como pecado. Cuestionar demasiado se sentía como abrir una puerta que no se debía abrir. Así que casi siempre buscaba confirmación de lo que ya creía y trataba de volver a enterrar la pregunta.

Las grietas ya estaban ahí. Yo simplemente todavía no estaba lista para mirarlas.


Entrar a la universidad y cambiar de iglesia

Cuando tenía alrededor de diecisiete años, entré a la universidad y conocí al hombre que después se convertiría en mi esposo: mi primer y único novio. Su nombre era, y sigue siendo, Julian: todavía el amor de mi vida.

En ese momento, él se había convertido al cristianismo hacía poco, y juntos empezamos a formar parte de un grupo universitario llamado Campus Crusade for Christ. Ese movimiento se sentía más suave para mí, más abierto, menos rígido que el mundo pentecostal en el que yo había crecido.

No fue una decisión fácil, porque yo tenía buenos amigos allí. Tenía recuerdos hermosos con esa comunidad. Pero este nuevo grupo me daba la sensación de que podía seguir siendo cristiana sin tantas restricciones, sin la misma presión sobre cómo me veía, cómo me vestía, o si nosotros éramos los únicos que podíamos ser salvos.

Para mí, eso era muy importante. Me permitía conservar mi fe, pero con más espacio para respirar.

Pero moverme hacia ese mundo significaba dejar el otro atrás. Y dejarlo no fue sencillo.

En la iglesia pentecostal donde había crecido, cambiar de iglesia no era una decisión neutral. Se entendía como una caída espiritual. Me dijeron que estaba perdiendo mi camino, que estaba poniendo mi salvación en riesgo, que me estaba alejando del único camino verdadero. Me sentí horrible. Yo amaba a mi pastor. Lo respetaba profundamente, y sabía que lo estaba decepcionando. Ese dolor fue real.

Pero yo estaba enamorada.

Y ese amor — nuevo, vivo, lleno de posibilidad — me dio algo que antes no había tenido. Me dio el valor de atravesar una puerta que nunca me habían permitido abrir. En esta nueva organización cristiana, las mujeres podían usar pantalón. Se podía escuchar música. Se podía ir al cine. Se podía usar maquillaje. Cosas que toda mi vida me habían presentado como pecado, allí eran simplemente normales.

Incluso ir al cine había sido pecado en la iglesia de la que yo venía.

Así que sí, fue liberador. Silenciosamente, enormemente liberador. Incluso con las críticas que recibí por tomar esa decisión, incluso con la culpa de haber decepcionado a la iglesia, incluso con el miedo de haber hecho algo espiritualmente incorrecto, algo dentro de mí pudo respirar un poco más.

Abracé esta nueva comunidad por completo y con un corazón sincero. En la universidad, mis amigos y yo nos reuníamos en grupos, hablábamos de Jesús, discipulábamos personas, orábamos juntos e invitábamos a otros a acercarse. Estábamos completamente convencidos de que estábamos ayudando a salvar personas del infierno, y ciertamente algunas personas sí se sentían más felices, más esperanzadas y más amadas. Lo dimos todo.

Mirando hacia atrás ahora, puedo ver lo jóvenes que éramos, lo sinceros, lo genuinamente bien intencionados. No imponíamos nuestras creencias por crueldad. Compartíamos desde el amor: el único tipo de amor que sabíamos dar en ese momento. Y ahora puedo reconocer eso de nosotros. De verdad estábamos haciendo lo mejor que podíamos.


Mudarnos a Canadá y el silencio de Dios — 2005

En el 2005, Julian y yo nos mudamos a Canadá con nuestros dos hijos, que tenían tres años y cinco meses. Nos establecimos en Montreal y comenzamos una nueva vida en un país que todavía no era nuestro. Julian estaba estudiando mucho para presentar sus exámenes y ser aceptado en una residencia médica, un proceso que tomaría años de paciencia y sacrificio. Estábamos empezando desde cero, en dos idiomas nuevos, en una cultura nueva, lejos de todo lo familiar.

La transición en sí no fue tan difícil para mí. Fuimos encontrando nuestro lugar. La vida siguió avanzando.

Empezamos a asistir a una iglesia italiana en Montreal, donde los servicios eran en italiano e inglés. Pero algo era distinto allí. La gente era menos acogedora de lo que yo estaba acostumbrada. Yo no hacía parte del grupo de música. No conocía a muchas personas. No sentía la presencia de Dios en esos cultos como siempre la había sentido antes.

Y entonces, alrededor del 2007, en medio de mi maestría, del trabajo y de criar a dos niños, algo dentro de mí empezó a derrumbarse.

Caí en una depresión. No suavemente, sino profundamente. Se me olvidaban las palabras. Mi mente estaba nublada. Estaba agotada de una forma que dormir no solucionaba. Estaba estresada, exigida por todos lados y espiritualmente perdida de una manera que nunca había experimentado antes. La presencia que siempre había sido el suelo bajo mis pies simplemente ya no estaba. Buscaba a Dios y no podía encontrarlo. Y esa ausencia fue lo más aterrador que había vivido. Duró unos meses, pero esos meses fueron muy pesados para mí.


La voz en la biblioteca

Entonces un día estaba en la biblioteca de la universidad estudiando para mis exámenes.

Y escuché una voz. Clara y sencilla. Dijo: ora.

Incliné la cabeza allí mismo y oré. Y sentí Su presencia, así que susurré: Espíritu Santo, volviste. ¡Fue uno de los momentos más transformadores de toda mi vida!

Salí de esa biblioteca y todo se veía diferente. Sentía como si estuviera levitando, como si el mundo me hubiera sido devuelto. No podía perder eso otra vez. No iba a perder eso otra vez.

Y entonces comenzó mi búsqueda profunda y muy sincera de Dios.


La búsqueda que lo cambió todo

Desde ese día, empecé a levantarme a las 4:30 de la mañana para buscar a Dios con todo lo que tenía. Cantaba. Bailaba. Escribía. Leía y estudiaba la Biblia. Lloraba. Adoraba. Hablaba en lenguas. Esas horas antes del amanecer se convirtieron en momentos profundamente íntimos con Él.

Florecí durante esa etapa como nunca antes. Salí de la depresión casi de inmediato. Vivía en un estado de profunda dicha.

Esa práctica se quedó conmigo por muchos años. Solo poco a poco, con el tiempo, fui reduciendo esas horas — no porque hubiera perdido el interés, sino porque la vida siguió moviéndose y yo empecé a estar más ocupada.

Esa sinceridad me importa mucho ahora.

Porque cuando algunas personas escuchan que eventualmente dejé el cristianismo, asumen que fue por rebeldía, por pereza o por orgullo. Pero la verdad es todo lo contrario. Nunca fui más devota, nunca fui más sincera, nunca estuve más genuinamente enamorada de Dios que en esos años en los que me levantaba antes del amanecer en Montreal y en Quebec, buscándolo con todo lo que tenía, aterrada de perderlo otra vez.

Y de una manera extraña, fue precisamente esa profundidad en mi búsqueda la que eventualmente lo cambió todo.



Parte II — El momento en que ya no pude dejar de ver


La vida en Quebec — 2012

Para el 2012, Julian ya había comenzado su residencia médica en la Universidad Laval, en la ciudad de Quebec. Estaba bajo una presión enorme: un médico latinoamericano abriéndose camino en un sistema agotador, en un idioma nuevo, tratando de probarse a sí mismo y de construir un futuro para nuestra familia. Estábamos siendo jalados en direcciones distintas. La vida estaba llena y pesada de maneras de las que no siempre hablábamos.

Yo todavía estaba profundamente involucrada en la vida de la iglesia. Dirigía grupos bíblicos, manejaba responsabilidades financieras muy estresantes de la iglesia, enseñaba, compartía y oraba con otros. Desde afuera, parecía una persona firmemente arraigada en su fe. Y de muchas maneras todavía lo estaba. Dios seguía siendo el centro de mi vida. Todavía lo amaba profundamente. Todavía buscaba la verdad con todo lo que tenía.

Pero algo dentro de mí ya había empezado a moverse.

En silencio. Casi invisiblemente.

Había preguntas que ya no podía silenciar por completo. Preguntas que cargaba desde la infancia y que seguían regresando, sin importar cuántas veces intentara empujarlas hacia el fondo. ¿Cómo podía un Dios de amor puro mandar a las personas a arder para siempre? ¿Por qué tantas personas que afirmaban tener certeza parecían, al mismo tiempo, divididas por dentro, deshonestas consigo mismas, avergonzadas, ansiosas, agotadas? ¿Por qué el amor y el terror tenían que vivir tan cerca el uno del otro?


El estudio bíblico que abrió la puerta

Y entonces llegó el momento que lo cambió todo.

En el grupo bíblico que yo dirigía, me asignaron un tema para presentar: la veracidad de la Biblia. Cómo explicar y defender que la Biblia era completamente verdadera y divinamente confiable. El pastor me dio un video para ayudarme a preparar la enseñanza. Pero cuando lo vi, algo me pareció vacío. No respondía nada en profundidad. Se sentía más como una forma de tranquilizar que como una verdad real.

Así que empecé a investigar por mi cuenta.

Todavía recuerdo esa época con mucha claridad. Era alrededor de noviembre de 2012. Estaba en la casa pintando pájaros — una de esas pinturas por números — mientras escuchaba debates entre académicos cristianos y académicos seculares sobre la historia bíblica. Lo que me impactó fue lo poco convincentes que sonaban las explicaciones cristianas en esos debates. Yo esperaba lo contrario. Pensaba que, si buscaba lo suficientemente profundo, finalmente encontraría la evidencia que demostraría que la Biblia era indiscutiblemente verdadera. Esa era mi intención. Yo no estaba buscando una salida. Estaba buscando certeza. Así que me metí de lleno. No fue una búsqueda ligera ni una curiosidad pasajera. Se convirtió en una investigación profunda, horas y horas al día, leyendo, escuchando, buscando y tratando de demostrarme a mí misma que estaba equivocada. Quería probar que lo que empezaba a ver no era verdad, que todavía podía seguir siendo cristiana, que aún había una manera de sostenerlo todo. Pero mientras más escuchaba, leía e investigaba, más profundo entraba en algo que jamás había imaginado descubrir.

Y muy rápidamente, algo dentro de mí se abrió.


Lo que aprendí sobre la Biblia

Me di cuenta de que la Biblia no era lo que me habían enseñado que era. Yo había creído que había descendido casi directamente de Dios: intacta, fija, perfecta, palabra por palabra. Pero ahora estaba aprendiendo sobre concilios, decisiones políticas, libros excluidos y escribas copiando manuscritos durante siglos, cometiendo errores, agregando cosas, quitando cosas. Aprendí que lo que llegó a ser el cristianismo no apareció como un sistema único, claro y terminado desde el principio. Se fue desarrollando a través de la historia, a través del conflicto, del poder y de decisiones humanas.

Aprendí sobre Constantino: cómo reunió a las autoridades religiosas de su tiempo, personas que colaboraron con él, y cómo juntos trabajaron para unificar las creencias de un imperio que se estaba yendo en demasiadas direcciones. Los principios centrales de la fe fueron decididos en esos lugares, por esas personas, por esas razones políticas. Y luego, más de cien años después, se escogieron libros para confirmar lo que ya se había decidido. Otros libros quedaron por fuera. Los que permanecieron fueron copiados y recopiados por escribas durante siglos, y cada copia llevaba nuevos errores, nuevas adiciones, nuevas omisiones, nuevas contradicciones acumuladas encima de las anteriores.

Y yo había creído que cada palabra era perfecta. Que cada palabra era Dios.

Una vez lo vi, ya no pude dejar de verlo. Dejar el cristianismo no se sintió como una decisión que yo tomé; se sintió como una verdad que había descubierto, algo que había cambiado dentro de mí y que ya no podía deshacerse.


El derrumbe de la certeza

Esa sigue siendo la forma más verdadera en que puedo describir lo que pasó. No fue rebeldía. No fue un deseo de pecar o de liberarme de las reglas. No fue rabia. Fue una realización. Una realización tan completa que mi certeza anterior ya no podía sostenerse.

Y fue aterrador, pero al mismo tiempo profundamente liberador...

El cristianismo no había sido simplemente una religión para mí. Había sido mi identidad, mi moral, mi comprensión de la realidad, mi relación con la seguridad, mi imagen de la bondad, mi imagen de mí misma, mi imagen de Dios. Entonces, cuando esa estructura se agrietó, se sintió existencial. Todo lo que yo había usado para entender el mundo de repente quedó incierto. Pero ahora, al mismo tiempo, todo empezaba a tener mucho más sentido.

Presenté el video al grupo de todas maneras. Mostré lo que el pastor me había dado. Y recuerdo que alguien dijo después: pero este video en realidad no prueba nada.

Por dentro pensé: lo sé.

Pero todavía no podía decirlo en voz alta.


El silencio entre Julian y yo

Intenté hablar con Julian sobre lo que estaba descubriendo. Pero él estaba agotado, bajo presión, cargando ya demasiadas cosas. Y lo que yo decía debió sentirse amenazante, desestabilizador, aterrador. Así que no quería escucharlo. Y durante mucho tiempo casi no hablamos de eso. Se convirtió en un elefante parado silenciosamente en la habitación entre nosotros. Presente. Enorme. No dicho.

Y mientras tanto, dentro de mí, todo un mundo se estaba derrumbando.


Lo que pasó con Jesús dentro de mí

Dejar esas creencias también significaba dejar atrás cosas que había cargado desde niña. La creencia en el infierno. La creencia de que Jesús había venido específicamente para salvarme de eso. A medida que entendía más sobre cómo se había construido la Biblia — sobre las decisiones políticas y las manos humanas detrás de ella — esas certezas también se disolvieron.

Y eso me dejó con una pregunta que no sabía cómo responder: ¿qué hacía ahora con Jesús? ¿Con ese ser que había amado de una manera tan personal, tan profunda, desde que era una niña pequeña que le hablaba en la oscuridad? Esa no fue una pérdida sencilla de atravesar. Ha sido su propio camino largo de comprensión, uno que todavía se sigue desplegando y que algún día merece su propia historia. Por ahora, solo diré que empecé a redescubrir una nueva manera de relacionarme con él. En ese momento, simplemente dejé de poder sostenerlo dentro del marco que me habían dado.

Pero extrañamente, junto al derrumbe, algo más también estaba empezando.


Seguir en la iglesia cuando todo había cambiado

Durante unos meses seguí yendo a la iglesia. Todavía estaba allí, todavía rodeada de personas que amaba, todavía cargando el lenguaje y los hábitos de la fe que me había formado. Pero ya no podía escuchar las mismas palabras de la misma manera. Algo había cambiado de forma permanente.

Y, de una manera extraña, me sentía más libre cuando hablaba. No porque creyera más en la estructura, sino porque ya no me sentía dividida dentro de ella. Podía hablar de amor sin que el miedo estuviera sentado detrás. Podía hablar de fe con más amplitud. Podía hablar de Dios con ternura, porque empezaba a sentir que Dios no me estaba esperando detrás de una cerca religiosa; que nunca había estado allí, que siempre había estado mucho más cerca que eso.

Una libertad comenzaba a nacer debajo del duelo.

Pero también había duelo.


Empezar a meditar

Entonces empecé a meditar.

Solo eso, en otro tiempo, me habría aterrorizado. Yo había crecido escuchando que la meditación podía abrir puertas al diablo, que buscar fuera del cristianismo era peligroso, que cuestionar demasiado podía alejarte de Dios. Pero yo ya estaba afuera. Ya había visto. Así que lo intenté.

Y la meditación no me separó de Dios.

Me acercó más a Su presencia — masculina y femenina — y también a mí misma.

Por primera vez empecé a observar mi propia mente en vez de solo obedecerla. Empecé a notar el miedo en lugar de someterme automáticamente a él. Empecé a sentir mi propio sistema nervioso, mi cuerpo, mis reacciones, mi culpa, mi condicionamiento. Empecé a ver lentamente cuánto de lo que yo había llamado espiritualidad había sido, en realidad, vigilancia interna. ¿Era lo suficientemente buena? ¿Lo suficientemente santa? ¿Lo suficientemente amorosa? ¿Estaba salvando a suficientes personas? ¿Lo estaba decepcionando?

La meditación me dio un espacio donde podía simplemente observar esas preguntas sin ser tragada por ellas. Podía ver el miedo moverse a través de mí sin llamarlo el diablo. Podía empezar a encontrarme con más aceptación — mis emociones, mis reacciones, mi humanidad — y podía notar la culpa sin obedecerla como si fuera la verdad.

Y lentamente, algo inesperado ocurrió.

El Dios que encontré fuera del miedo se sentía más amoroso que el Dios al que había pasado mi vida tratando de no decepcionar.

Esa realización lo cambió todo.


Mudarnos a Gatineau y dejar la iglesia

Cuando Julian terminó su residencia en 2013, nos mudamos a Gatineau, Quebec. Él empezó a trabajar como médico de emergencias, y yo empecé a trabajar como dietista. Esa mudanza se convirtió en un punto de giro natural en más de un sentido.

Dejé de ir a la iglesia.

No de manera dramática. No con una declaración ni una confrontación. La mudanza simplemente creó un espacio, y yo no lo volví a llenar con iglesia. Julian intentó ir durante un tiempo, pero poco a poco también dejó de hacerlo, aunque conservó su fe cristiana a su manera. Mis hijos encontraron sus propios caminos, sus propias creencias, hermosas en sí mismas; pero esa es su historia para contar, no la mía.


La rabia que llegó primero

Y lo primero que llegó fue la rabia. Fue difícil sentirla, aceptarla y honrarla, porque me habían enseñado a ver ciertas emociones como peligrosas, casi como algo malo dentro de mí. Pero con los años, mientras aprendía a observar esa rabia en vez de rechazarla, y a aceptarla en vez de juzgarla, poco a poco empezó a sanar. No desapareciendo, sino siendo traída de vuelta al amor.

Yo estaba enojada con la iglesia. No con las personas — y quiero decirlo claramente porque para mí es importante. Las personas que conocí eran seres humanos haciendo lo mejor que podían con lo que les habían dado, tal como yo lo hice. Muchas de ellas eran y siguen siendo genuinamente hermosas para mí. Pero estaba enojada con lo que el sistema había hecho dentro de mí sin que yo me diera cuenta plenamente. Enojada por tantos años viviendo con miedo. Enojada por la culpa que había sido tejida en todo: en la alegría, en el movimiento, en la música, en el simple hecho de ser humana. Enojada por la manera en que me vigilé constantemente, por cómo intenté encogerme, purificarme y perfeccionarme para volverme digna de un amor que en realidad nunca había faltado.

Había pasado años tratando de ganarme algo que siempre había sido mío.


El duelo debajo de la rabia

Y debajo de la rabia había duelo. Duelo por la niña que escondía su baile. Duelo por la adolescente que dudaba de su propia alegría. Duelo por la joven que se examinaba obsesivamente y aun así nunca se sentía lo suficientemente pura. Duelo por todos esos años intentando volverme aceptable para un Dios que, empezaba a entender, nunca me había encontrado inaceptable.

Incluso años después de haber dejado el cristianismo intelectualmente, mi cuerpo todavía lo cargaba emocionalmente. Eso es algo que muchas personas no entienden. Uno puede dejar de creer algo en la mente mucho antes de que el sistema nervioso deje de reaccionar a eso. Durante años, siguieron saliendo capas. Miedo. Culpa. Vergüenza. Perfeccionismo. El miedo de decepcionar a las personas. El miedo de ser malinterpretada. Incluso el miedo de decirles abiertamente a personas de mi pasado: ya no soy cristiana.

Pero lentamente ese miedo también fue aflojando su agarre.


Sostener la belleza y el dolor al mismo tiempo

Para ser honesta, también vi la belleza de la que había hecho parte. Mi pasado en la iglesia no estuvo hecho solamente de cosas dolorosas. Allí experimenté a Dios. Experimenté amor, sinceridad dentro de mí, una búsqueda genuina de Dios, oración, el Espíritu Santo, Jesús, hablar en lenguas, flujo, música, liderazgo y amistades hermosas. Así que no estaba mirando una historia simple donde todo había estado mal. Estaba parada frente a dos verdades al mismo tiempo: la belleza que realmente había vivido, y la estructura dentro de la cual ya no podía permanecer.


El comienzo de la libertad

Y lo que quedó — lo que siguió creciendo silenciosamente debajo de todo — fue algo que solo puedo describir como el comienzo de la libertad. Una libertad que nunca antes había sentido plenamente. No la libertad de no tener dirección, sino la libertad de ya no estar en guerra conmigo misma. De ya no necesitar desaparecer para ser amada. De ya no cargar una culpa que nunca fue realmente mía.

Estaba regresando a mí misma. Y lentamente, de maneras que apenas empezaba a comprender, también estaba regresando a Dios.


Parte III — Encontrar a Dios en todas partes

Después de que todo cambió, mi relación con Dios se volvió más difícil de explicar, pero finalmente, verdaderamente real.

No más real. Finalmente real.

Porque lo que encontré al otro lado de toda esa estructura, de todo ese miedo, de todos esos años intentando volverme aceptable, fue a Dios mismo. No el Dios que me habían enseñado. No el Dios que medía, juzgaba y esperaba perfección. Sino algo puro. Algo que siempre había estado ahí, paciente y presente, debajo de todo lo que yo había puesto encima.

Yo lo había estado buscando toda mi vida. Y Él nunca se había movido.

Era imposible que Él me dejara. Eso lo entendí entonces. La separación que yo había sentido, la distancia, el miedo de perderlo, nada de eso había sido real. Había sido la programación. Había sido el sistema. Había sido el miedo. Pero Dios mismo siempre había estado unido a mí, más cerca que mi propia respiración, más cerca que los latidos de mi corazón. Yo simplemente no había podido verlo con claridad desde dentro de todo ese ruido.

Y cuando finalmente lo vi — cuando esa verdad empezó a asentarse no solo en mi mente sino también en mi cuerpo — ahí comenzó mi verdadero crecimiento interior.

Algo más se volvió claro para mí en esa época, algo que no esperaba.

Me di cuenta de que había estado triste y ansiosa por mucho tiempo sin siquiera saberlo.

No porque no hubiera sentido esas cosas. Sino porque nunca les había prestado verdadera atención a lo que estaba sintiendo. Las emociones, en el mundo en el que crecí, eran sobre todo señales espirituales: señales de cercanía o distancia con Dios, señales de obediencia o de fracaso. No eran simplemente mías para observarlas y comprenderlas. Así que había atravesado mi vida interior sin habitarla realmente.

Por primera vez, empecé a prestar atención.

Empecé a notar mis sentimientos. Mis pensamientos. Mis reacciones. Mis patrones. La autoobservación se volvió esencial, no como una técnica, sino como el comienzo de conocerme de verdad. Y conocerme a mí misma, poco a poco empecé a entenderlo, no estaba separado de conocer a Dios. Era el mismo camino. Mientras más honestamente miraba hacia adentro, con más claridad podía sentir esa presencia que siempre había amado, esa presencia que no tenía nada que ver con reglas, desempeño o corrección religiosa.

Primero encontré a Dios en mí.

Y después lo encontré en todas partes.

En mi cuerpo. En el silencio. En la naturaleza. En otras personas. En la creatividad. En la simple experiencia de estar viva y presente a la vida. Él no estaba detrás de una cerca que yo tenía que ganarme el derecho de cruzar. Él era el suelo mismo. Estaba en todo, moviéndose a través de todo, inseparable de todo.

Esa comprensión cambió la manera en que empecé a moverme por el mundo.

Dejé de pelear conmigo misma.

Esa resistencia constante — contra mí misma, contra mis emociones, contra las partes de mí que no encajaban en el molde que me habían dado — empezó a suavizarse. Dejé de pelear contra lo que es y empecé a rendirme ante ello. No la rendición de la derrota. No la rendición de alguien que se ha dado por vencido. Sino la rendición de alguien que finalmente dejó de discutir con la realidad y empezó a confiar en ella.

Dejé de vivir dentro de lo que me habían dicho que debía ser y empecé a vivir dentro de lo que realmente es.

Y desde ahí, lentamente, comenzó la transformación. Capa por capa. La vieja programación que me había dicho que estaba separada de Dios, que tenía que ganarme su amor, que nunca era del todo suficiente, empecé a reconocerla. A verla por lo que era. Y al verla, empecé a soltarla. No de una sola vez. Nunca de una sola vez. Pero sí de manera constante, con paciencia, con una ternura creciente hacia mí misma y hacia el largo camino que había recorrido para llegar hasta aquí.

Me fui volviendo más yo misma con cada capa que soltaba.

Mucho más alegre. Mucho más tranquila. Mucho más presente. Mucho más capaz de crear mi vida en lugar de simplemente sobrevivirla. Mucho más dispuesta a sentirlo todo — el duelo, la belleza, la rabia, el amor — sin necesidad de espiritualizarlo, arreglarlo o poner otra cosa en su lugar.

Y entonces, en el 2019, ocurrió algo que solo puedo describir como una profunda experiencia mística con Dios Padre. Algo que abrió un nuevo nivel de intimidad que yo no había conocido antes. Desde ese momento, Él se convirtió en mi guía personal de una manera muy viva, muy directa, muy real para mí.

Esa experiencia pertenece a su propia historia. Es demasiado grande y demasiado sagrada para contenerla en un párrafo aquí. Pero la menciono porque importa. Porque hace parte del arco. Porque lo que comenzó como el derrumbe de una estructura religiosa terminó llevándome a la relación más directa, más íntima y más honesta con lo sagrado que jamás había conocido.

Se volvió mucho más claro, mucho más seguro, mucho más amoroso, mucho más unificado y mucho más directo. Había menos ambigüedad dentro de mí. El camino que siguió trajo muchas enseñanzas y realizaciones — algunas las he escrito en mi blog, y muchas otras todavía no he encontrado las palabras para expresarlas.

Eso fue lo que me dio romper las reglas.

No rebeldía. No vacío. No distancia de Dios.

Todo lo contrario.

Y a veces pienso en esa niña pequeña sentada en la iglesia, escuchando a adultos hablar del infierno eterno con tanta certeza. Ella se esforzaba tanto por ser buena. Escondía partes de sí misma porque pensaba que si no era lo suficientemente cuidadosa, si no era lo suficientemente pura, decepcionaría a quien más amaba.

Si pudiera hablarle ahora, la abrazaría con ternura y le diría:

Ya eras amada. Nunca estuviste separada de Dios. Ni por un solo instante. No tenías que ganarte tu lugar en la existencia. No tenías que salvar a todo el mundo. No tenías que volverte perfecta. No eras mala por ser humana. No eras mala por querer bailar.

Él siempre estuvo aquí.

Él nunca habría podido irse.

Y tal vez toda mi vida ha sido la integración lenta y paciente de esa verdad: no aprender a volverme digna, sino aprender a dejar de abandonarme a mí misma, aprender a dejar de separarme del amor que siempre, desde el principio, ya era completamente mío.

Y por eso el trabajo que hago ahora se siente como la creación natural de toda mi vida. No es solamente algo que estudié, aunque sí he estudiado y me he formado profundamente. Es algo que he vivido. Mi trabajo como mentora espiritual y mentora de trabajo interior nació de todo mi camino: de lo que me enseñaron, de lo que cuestioné, de lo que tuve que soltar, de lo que descubrí y de lo que Dios sigue despertando en mí.

Es una fusión de todo: espiritualidad, sanación interior, autoobservación, cuerpo, emoción, rendición, creatividad y la experiencia directa de lo que es. La manera en que trabajo ahora nace de la experiencia vivida. Nace de lo encarnado. Nace del flujo de escuchar, crear, rendirme y permitir que Dios siga trabajando a través de mí mientras continúo volviéndome más honesta, más completa y más yo misma.

El trabajo no ha terminado. No creo que termine nunca del todo. Sigue desplegándose, capa por capa, así como yo. Y tal vez por eso puedo acompañar a otros ahora: no desde un lugar de haber llegado, sino desde un lugar de seguir caminando el camino con sinceridad, presencia y amor.


Katiana


 
 
 

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