¿Eres Rara? Ese Es Tu Don
- Katiana Cordoba

- hace 6 días
- 5 min de lectura

¿Eres rara?
Sí. Te lo pregunto en serio.
¿Hay algo en ti que sientes diferente, que no sabes muy bien cómo explicar, que has escondido porque pensaste que nadie lo entendería, o peor, que te juzgarían por ello?
Porque si es así, quiero hablarte de algo importante.
Eso que escondes puede ser exactamente tu don.
¿Qué significa ser rara?
Primero aclaremos algo. Cuando digo rara, no lo digo como insulto. Lo digo como descripción de algo que no cabe fácilmente en una caja. Algo que el mundo ordinario no sabe clasificar porque viene de una fuente más original.
Lo raro no es lo defectuoso. Lo raro es lo no domesticado. Lo que todavía no fue reducido para encajar. Lo que conserva algo de su forma original, sin pulir, sin traducir, sin pedir permiso.
Y curiosamente, muchas veces lo más auténtico de una persona primero aparece como rareza. Antes de ser reconocido como don, primero incomoda. Primero sorprende. Primero no encaja.
Pero hay algo más: en cierta manera, todos somos raros. Cada persona tiene una unicidad que no se repite. Lo que pasa es que algunos aprendieron a esconderla mejor que otros. Y a eso lo llamamos "ser normal."
Todos recibimos un don
Creo profundamente que todos llegamos a esta vida con un don. Pero ese don no siempre viene en forma de talento obvio o habilidad reconocible. A veces viene en forma de sensibilidad. De percepción. De una manera muy particular de sentir el mundo que nadie más siente exactamente igual.
El don más fundamental que recibimos es simplemente este: ser lo que somos.
Nuestra autenticidad es el don.
El problema es que muy pocos lo reconocen. No porque no exista, sino porque hay filtros. Capas de condicionamiento, de miedo, de mensajes que fuimos recibiendo desde pequeños que nos dijeron, directa o indirectamente: eso no se muestra. eso es demasiado. eso es raro. mejor escóndelo.
Y así, poco a poco, fuimos cubriendo la luz.
El que todavía no ve su don no es porque no lo tenga. Es porque aún hay filtros que no le dejan verse a sí mismo con claridad. Y eso está bien. El camino de cada uno tiene su tiempo. Pero cuando esos filtros empiezan a caer, algo se abre. Y lo que aparece no es nuevo. Siempre estuvo ahí.
Lo que yo escondí
Yo tengo rarezas. Las tengo y las conozco bien.
Una de ellas es difícil de explicar con palabras, y eso en sí mismo ya dice algo. Puedo percibir el sonido de las emociones, de los estados internos, de lo que está vivo en una persona. Me sintonizo con su energía, con lo que su cuerpo y su ser están cargando, y desde ahí emito ese sonido con mi voz. No es una técnica que aprendí en un libro. Es algo que simplemente ocurre cuando dejo de bloquearlo. Y ese sonido ayuda a calmar el sistema nervioso, a soltar lo que estaba tenso, a traer armonía donde había caos. Mis manos lo siguen naturalmente, moviéndose con el sonido como si fueran parte de él.
Durante mucho tiempo, eso me dio miedo mostrarlo. Pensarán que estoy loca. Que me creo especial. Que es demasiado.
Y sin embargo, hoy es exactamente eso lo que está en el centro de mi trabajo. Esa rareza es la que me permite acompañar a otros con el sonido de una manera que va más allá de la técnica. No a pesar de ser rara. Precisamente porque lo soy.
Si quieres verlo, te invito a explorar mis videos, porque hay cosas que el cuerpo y la voz comunican mejor que cualquier texto.
Los filtros que apagan la luz
¿Por qué escondemos lo que somos?
Generalmente por alguna de estas razones.
Miedo al juicio: pensarán que estoy loca. Miedo a parecer arrogante: creerán que me creo mucho. Miedo a la responsabilidad: si muestro esto, me van a pedir más, voy a tener que ser coherente. O simplemente pereza de brillar. Porque brillar cuesta. Porque la autenticidad exige encarnación, decisiones, presencia.
Y a veces usamos la humildad como excusa. Decimos es que yo no soy nadie, no tengo nada especial como si eso fuera virtud. Pero esconder lo que somos no es humildad. Es negación.
Cuando apagamos nuestra luz, no solo nos afectamos a nosotros mismos. Le quitamos algo al mundo también.
La lámpara no se esconde
Jesús dijo algo que me ha resonado profundamente: la lámpara no se enciende para esconderla debajo de la mesa. Se pone donde pueda alumbrar.
Y yo lo entiendo así: cuando la vida, Dios, la conciencia, te permite ver una luz en ti, esa luz no es solo para tu alivio personal. Primero te sana a ti. Primero te muestra que no estabas rota, que estabas cubierta. Pero después esa misma luz empieza a aclarar el camino de otros.
No porque tú te propongas salvarlos. No porque tengas que convertirte en maestra de nadie. Sino porque cuando algo está verdaderamente vivo en ti, irradia. Como una flor que no se esfuerza por perfumar el aire. Lo hace porque esa es su naturaleza.
Tu liberación se vuelve campo. Tu permiso interior se vuelve invitación. Tu verdad encarnada se vuelve luz para otros.
Muchas tradiciones espirituales hablan de que después del despertar viene el servicio. Pero hay que entenderlo bien. No es un servicio como obligación. No es: ahora que desperté, debo salvar a otros. Eso puede volverse otra trampa del ego.
El verdadero servicio después del despertar es mucho más simple y más humilde: dejar que la luz pase. No apropiarse de ella. No esconderla. No exagerarla. Solo dejarla ser.
La humildad verdadera
Aquí quiero detenerme, porque a veces confundimos humildad con apagarse.
La humildad verdadera no dice: no tengo luz, no soy nadie, mejor me escondo. Eso no es humildad. Es negación disfrazada de virtud.
La humildad verdadera dice: esta luz no es mía para poseerla. Es mía para dejarla pasar.
Ahí está la diferencia entre brillar desde el ego y brillar desde la autenticidad. El ego brilla para ser visto. La autenticidad brilla porque ya no puede esconder lo que es.
Y cuando brillamos desde ahí, desde la rendición y no desde la arrogancia, el servicio a otros no se siente como carga. Es simplemente lo que sucede cuando dejamos de bloquear lo que la vida quiere irradiar a través de nosotros.
Como una lámpara. Como una flor. Como una voz que canta porque nació para vibrar.
La pregunta que te dejo
Entonces vuelvo al principio.
¿Eres rara?
¿Hay algo en ti que escondes porque crees que no vale, que es demasiado, que nadie entendería, que te haría parecer loca o arrogante o simplemente demasiado visible?
¿Hay algo que amas, que te mueve, que sientes profundamente tuyo, pero que guardas porque el mundo no tiene todavía una caja donde meterlo?
Pregúntate esto con honestidad: ¿hay algo que disfrutas profundamente, que fluye naturalmente en ti, que tal vez no haces perfectamente pero que te vive, te anima, te hace sentir más tú? ¿Y lo estás escondiendo porque tienes miedo de lo que pensarán?
Eso que escondes. Eso que no cabe. Eso que te da vergüenza o miedo mostrar.
¿Y si ese es exactamente tu don?
No a pesar de ser raro. Sino precisamente porque lo es.
La autenticidad no necesita traducirse para ser aceptada. Necesita ser vivida para poder iluminar.
Y el mundo necesita tu luz. No la versión corregida, reducida y aceptable de tu luz.
La tuya. La original. La rara.
Katiana




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