Ayer Creí Que Iba A Pasar Y No Pasó
- Katiana Cordoba

- hace 20 horas
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La Conversación Interna Que Cambió Mi Definición De Fe

Ayer creí con todo mi corazón que algo iba a suceder. Lo sentía. Lo veía. Mi cuerpo estaba convencido. Durante días viví en esa certeza suave, casi luminosa, de que el desenlace sería como yo lo imaginaba. Y no ocurrió.
Lo que ocurrió en cambio fue ansiedad. Apego. Una espera silenciosa pero tensa. Y cuando la realidad no coincidió con mi expectativa, apareció una grieta muy antigua.
No era solo la decepción del momento. Era algo más viejo.
Era la memoria de una niña que había aprendido que si pedía con suficiente fe, las cosas debían suceder. Que si no sucedían, había algo mal. No necesariamente culpa, pero sí una disonancia insoportable entre lo que veía y lo que le habían dicho que debía pasar.
Esa disonancia fue más dolorosa que cualquier resultado.
Durante mucho tiempo, la fe fue para mí la certeza de lo que se espera. La convicción de lo que no se ve. Y yo entendí esa frase de una forma muy concreta: si creo con suficiente intensidad, la realidad responderá.
Ayer comprendí algo que me atravesó el cuerpo entero.
La fe no puede ser un contrato.
No puede ser una herramienta para asegurar desenlaces. Porque cuando la convierto en garantía, la transformo en lucha. Y la lucha contra la realidad siempre trae sufrimiento.
Lo que me dolió no fue que el evento no sucediera. Fue ver que todavía había una parte de mí aferrada a que debía suceder. Que estaba usando la fe como una forma refinada de control.
Y al ver eso, algo se soltó.
Fue una liberación física. Mi plexo solar, que tantas veces había cargado tensión intentando sostener creencias, se relajó. Mi pecho se abrió con una tristeza cálida. No era desesperación. Era duelo. El duelo de despedirme de una definición antigua de fe.
No fue una decisión. Fue un descubrimiento.
Descubrí que había vivido años intentando reconciliar dos cosas incompatibles: la grandeza impresionante de cómo funciona el universo y la idea de que mi convicción mental podía moldearlo según mi deseo.
Y la grandeza es innegable. La precisión de las células, la danza de los átomos, la arquitectura de los planetas, la sincronía invisible que sostiene cada instante. Frente a eso, pensar que mi mente debía dirigir el resultado comenzó a sentirse incoherente.
No arrogante en el sentido moral. Incoherente en el sentido estructural.
Entonces algo cambió.
La fe dejó de ser la certeza de lo que espero.
Y comenzó a sentirse como reverencia ante la perfección de lo que es.
No perfección emocional. No perfección cómoda. Perfección estructural. El orden inmenso que se despliega más allá de mis preferencias.
Eso no eliminó mis deseos. Todavía puedo querer. Todavía puedo pedir. Pero ya no desde el contrato. Puedo expresar un deseo sabiendo que hay algo infinitamente más vasto organizando la totalidad.
Lo que se cayó no fue Dios. Fue la fórmula.
Lo que se fue no fue el misterio. Fue la ilusión de control.
Y al soltar esa capa, sentí descanso.
También apareció una tristeza suave. La sensación de despedirme de una versión mía que creía que debía hacer que las cosas ocurrieran. Esa parte lloró un poco. La abracé. No la corregí. No la convencí. Solo le dije que podía sentirlo.
Porque incluso la desilusión merece espacio.
Curiosamente, al liberar esa lucha, algo más se fortaleció. Mi presencia. Mi capacidad de estar con otros sin absorber su emoción. Mi coherencia. Descubrí que mi influencia no viene de imponer resultados, sino de regular mi sistema, de ver con claridad, de estar en sintonía.
No es un poder mágico. Es coherencia.
Y esa coherencia influye. Como las neuronas espejo influyen. Como un tono de voz calmado regula otro sistema nervioso. Como una vibración sostenida puede acompañar a alguien a su propio centro. No porque yo controle la realidad, sino porque participo en ella.
No necesito hacer milagros que rompan las leyes de la vida.
El verdadero milagro es la vida tal como es.
Es poder estar frente a lo que ocurre sin pelear contra ello. Es sentir tristeza sin convertirla en fracaso. Es aceptar que no puedo hacerlo todo y, aun así, seguir amando.
Perdí una definición de fe.
Gané coherencia.
Y en esa coherencia hay una paz que no depende de resultados.
La fe ya no es la certeza de lo que espero.
Es la reverencia ante la perfección de lo que es.
Y desde ahí, camino más ligera.
Katiana




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