top of page
Buscar

Hablar O No Hablar: La Herida Interna Alrededor De La Voz


¿Alguna vez te han dicho que hablas demasiado? ¿O, por el contrario, que no hablas lo suficiente?


¿Alguna vez te has sentido juzgado por ser muy expresivo, muy apasionado, muy callado, muy tímido, muy intenso, muy ausente… o demasiado presente?


Muchas personas cargan una herida alrededor de la voz sin darse cuenta. Esa herida no solo aparece en lo que dicen. También aparece en la tensión que sienten alrededor del hecho de hablar. En la duda antes de expresarse. En la vergüenza después de haber hablado. En la presión de decir algo cuando en realidad no quieren. En el miedo a quedarse en silencio cuando ese silencio sería, en el fondo, lo más verdadero.


Para algunas personas, hablar se siente peligroso. Para otras, lo peligroso es el silencio. Y para muchas, ambas cosas están cargadas.


Por eso, la verdadera pregunta no es solamente si hablas mucho o poco. La pregunta más profunda es esta: ¿desde dónde hablas… o desde dónde te callas?


La herida no tiene que ver solo con las palabras


A algunas personas les dijeron que eran demasiado habladoras, demasiado ruidosas, demasiado emocionales, demasiado intensas, demasiado opinadoras, demasiado “mucho”. A otras les dijeron lo contrario: que tenían que hablar más, participar más, dejar de ser tan tímidas, dejar de ser tan calladas, dejar de desaparecer.


A veces, una misma persona recibió ambos mensajes a lo largo de la vida: habla, pero no tanto; exprésate, pero no así; participa, pero no tomes demasiado espacio.


Con el tiempo, la voz se confunde.


Hablar deja de sentirse natural. El silencio deja de sentirse libre. Ambas cosas se cargan de tensión. Ambas se vigilan. Ambas empiezan a estar teñidas de vergüenza, presión o esfuerzo.


Una persona puede hablar y arrepentirse inmediatamente. Puede hacer una pregunta y luego sentirse culpable por haber interrumpido. Puede querer quedarse callada, pero sentir que debe demostrar que está presente. Puede llenar el silencio no porque realmente tenga algo que decir, sino porque el silencio le parece incorrecto. O puede callarse no porque esté verdaderamente en paz, sino porque alguna parte de ella ya espera ser criticada.


Así es como muchas veces la herida alrededor de la voz empieza a vivir dentro del cuerpo.


Dentro de nosotros, distintas partes pueden vivir la voz de maneras diferentes


Cuando hablo aquí de “partes”, simplemente me refiero a que dentro de nosotros pueden existir distintas respuestas internas, distintas posiciones emocionales, distintos impulsos, y no todos sienten lo mismo al mismo tiempo.


Una parte de nosotros puede querer expresarse, compartir, preguntar, responder o pensar en voz alta. Otra parte puede ser naturalmente silenciosa y no sentir necesidad de hablar. Otra puede intentar protegernos del juicio empujándonos a hablar o impidiéndonos hablar. Otra puede cargar la humillación de experiencias pasadas en las que fuimos hechos sentir equivocados por hablar o por callar. Y otra parte puede ser lo suficientemente sabia como para hacer una pausa y preguntarse qué es realmente verdadero para nosotros en ese momento.


Estas partes no son un problema. Son parte de la experiencia humana. No siempre estamos movidos por una sola voz interior. A veces hay varios movimientos ocurriendo al mismo tiempo. Comprender esto puede ayudarnos a traer más claridad y más compasión a lo que ocurre alrededor de nuestra voz.


Si existe una herida alrededor de la voz, estas son algunas de las partes que suelen aparecer en esa dinámica.


La parte que quiere expresarse


En muchas personas hay una parte que quiere hablar, compartir, preguntar, participar, responder, reír, pensar en voz alta o decir lo que siente verdadero.


No hay nada malo en esa parte. Con frecuencia es una parte viva, espontánea, apasionada, relacional, involucrada. Quiere entrar en el momento. Quiere decir: aquí estoy. Tengo algo para compartir. Esto me importa. Esto me toca.


Pero cuando esa parte ha sido demasiado corregida, puede dejar de sentirse segura. Entonces empieza, a veces, a salir con urgencia. Puede hablar demasiado rápido, demasiado intensamente o demasiado de una vez, no porque sea mala, sino porque teme que el espacio se cierre.


Lo que parece ser “demasiado” a veces no es más que una expresión que nunca sintió que tenía verdadero permiso para existir.


La parte que es naturalmente silenciosa


También existe, en algunas personas, una parte que es silenciosa por naturaleza. Esta parte no tiene vergüenza. No está congelada. No está ausente. Simplemente no siente siempre la necesidad de hablar.


Puede disfrutar escuchar, observar, sentir, recibir, permanecer en silencio sin presión interna. Puede estar plenamente presente y plenamente conectada sin necesidad de demostrarlo con palabras. Para esta parte, el silencio no es un fracaso. Puede sentirse natural, reparador, verdadero.


No hay nada malo en esta parte tampoco. El problema empieza cuando el silencio deja de ser una elección y se convierte en algo juzgado desde afuera o presionado desde adentro.


La parte protectora


Con frecuencia aparece otra parte que intenta protegernos del dolor de ser juzgados, avergonzados, rechazados o hechos sentir incorrectos.


Esta parte puede decir: no digas eso. Deja de hablar. Eres demasiado. Estás ocupando demasiado espacio. Pero también puede decir lo contrario a la parte naturalmente silenciosa: habla. Di algo. Van a pensar que eres torpe, poco inteligente, débil, o que no tienes nada que aportar.


Esta parte puede sonar dura, pero por lo general se formó por una razón. Aprendió a partir de la experiencia. Aprendió que hablar podía traer vergüenza, y que el silencio también podía traer vergüenza. No confía en la libertad. Confía en el control.


Su trabajo es mantenernos a salvo, pero a veces lo hace de una manera que vuelve inseguras tanto nuestra voz como nuestro silencio.


La parte humillada


Debajo de todo esto suele haber una parte más vulnerable: la que recuerda lo que se sintió ser hecho sentir equivocado.


Equivocado por hablar demasiado.

Equivocado por no hablar suficiente.

Equivocado por ser muy expresivo.

Equivocado por ser muy callado.


Esta parte puede decir: debí haber hablado más, ahora creen que no soy inteligente. O puede decir: debí haberme callado, ahora creen que soy demasiado. Lleva la herida de haber sido visto a través de la vergüenza.


A veces esta parte aparece como incomodidad en la garganta, malestar en el cuerpo, culpa después de hablar, arrepentimiento después de haberse quedado en silencio, o ganas de desaparecer cuando alguien corrige nuestro tono, nuestro ritmo, nuestra pasión o nuestro silencio.


Muchas personas viven desde este lugar sin saberlo. Creen que eso es simplemente su personalidad. Pero a veces lo que parece personalidad es, en realidad, una adaptación.


La parte sabia que puede elegir


La sanación empieza cuando otra parte se vuelve más fuerte: la parte sabia.


Es la parte que puede notar lo que está pasando sin obedecer inmediatamente al miedo, a la presión o al hábito. Puede hacerse preguntas como estas:


¿Tengo ganas de hablar en este momento?

¿Realmente tengo ganas de quedarme en silencio en este momento?

¿Me estoy expresando desde algo verdadero o desde la ansiedad?

¿Me estoy callando porque estoy en paz o porque tengo vergüenza?

¿Estoy hablando porque se siente vivo en mí o porque siento que debería hacerlo?

¿Estoy guardando silencio porque eso es lo verdadero para mí o porque tengo miedo?


Esta parte no fuerza ni la palabra ni el silencio. Devuelve la posibilidad de elegir.


Y eso cambia todo, porque sanar no consiste en volverse más hablador ni más callado. Consiste en volverse más consciente. En saber de dónde viene nuestra expresión.


A veces la herida se ve en el espejo


Una de las señales más claras de que puede haber una herida alrededor de la voz no es solo cómo te sientes con tu propia expresión, sino la intensidad con la que reaccionas frente a la expresión de otras personas.


Puedes ver a alguien tomando espacio, hablando mucho, diciendo lo que piensa, y sentir irritación. Puedes pensar: ¿por qué habla tanto? ¿Por qué no se calla? ¿Por qué ocupa tanto espacio?


O puedes ver a alguien muy callado y sentir juicio también ahí. ¿Por qué es tan silencioso? ¿Por qué no habla? ¿Es demasiado tímido? ¿No tiene nada que decir?


A veces, la crítica que sentimos hacia otros no habla realmente de ellos. Es la vieja voz dentro de nosotros, la que ya hemos escuchado antes, pero ahora dirigida hacia afuera.


La persona que habla demasiado puede reflejar la parte de ti que fue avergonzada por expresarse.

La persona que habla demasiado poco puede reflejar la parte de ti que fue avergonzada por callarse.


Por eso el espejo puede ser tan revelador. Lo que nos molesta en otras personas a veces expone la misma herida que todavía no hemos reconocido por completo en nosotros.


No se trata de encontrar un equilibrio perfecto


La idea no es volverse perfectamente equilibrado según una medida externa, como si existiera una cantidad correcta de palabras para todo el mundo.


La idea no es hablar menos solo porque alguien te percibe como intenso.

Y tampoco es hablar más solo porque el silencio incomoda a otros.


La verdadera pregunta no es: “¿Estoy hablando demasiado o demasiado poco?”

La verdadera pregunta es: **“¿Desde dónde viene esto?”**


¿Estoy hablando porque se siente verdadero?

¿Estoy hablando porque tengo miedo de desaparecer?

¿Me estoy quedando en silencio porque estoy en paz?

¿Me estoy quedando en silencio porque tengo vergüenza?

¿Estoy llenando el silencio porque creo que debería hacerlo?

¿Estoy reteniendo algo vivo en mí porque espero ser criticado?


Ahí es donde empieza la conciencia.


Tienes derecho a hablar, y tienes derecho a callarte


Esto puede sonar simple, pero para muchas personas es profundamente reparador escucharlo.


Tienes derecho a hablar.

Tienes derecho a quedarte en silencio.

Tienes derecho a hacer una pregunta.

Tienes derecho a no estar actuando para agradar.

Tienes derecho a ser expresivo.

Tienes derecho a hacer una pausa.

Tienes derecho a no llenar todos los silencios.

Tienes derecho a no encogerte solo porque tu presencia incomoda a alguien.


Y si llega un momento en el que no quieres hablar, pero notas que una parte de ti siente que hacerlo es necesario, también puedes elegir hablar. Pero hazlo conscientemente. Sabe que lo estás eligiendo. Siente desde dónde viene.


Y si sí quieres hablar, entonces habla. No como una actuación. No como una defensa. Sino como una expresión consciente de lo que se siente verdadero para ti.


La libertad no está en hablar más o menos. La libertad está en dejar de estar gobernado inconscientemente por la herida.


Devolverle la libertad a la voz


Muchas personas nunca recibieron un permiso completo para existir en su voz. Fueron corregidas cuando se expresaban demasiado y empujadas cuando no se expresaban lo suficiente. Entonces aprendieron a manejarse todo el tiempo. Aprendieron a editarse, a anticiparse, a actuar, a reprimirse, a explicarse o a desaparecer.


Pero la voz nunca estuvo destinada a sentirse como un examen.


La voz estaba hecha para ser una expresión.


Y el silencio nunca estuvo destinado a ser un fracaso.


También estaba hecho para estar disponible.


Quizás sanar esta herida no consiste en convertirse en alguien diferente. Quizás consiste en volverse lo suficientemente honesto como para notar qué es lo que nos está moviendo. Escuchar a la parte que quiere expresarse, a la parte que es naturalmente silenciosa, a la parte que protege, a la parte que todavía se siente humillada, y a la parte que es lo bastante sabia como para elegir.


No de manera perfecta. Pero sí consciente.


Porque, al final, la libertad más profunda no está en aprender a hablar correctamente.


Está en saber que tu voz y tu silencio pueden, ambos, pertenecerte.



Katiana

 
 
 

Comentarios


bottom of page