Un mapa para vivir sin conflicto interior
- Katiana Cordoba

- hace 4 días
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La mayor parte de la dificultad que vivimos en la vida no viene de la vida en sí, sino de la forma en que nos relacionamos internamente con lo que nos sucede. Vivimos con la sensación constante de que algo debe ser manejado, corregido, mejorado o sostenido. Tratamos de pensar la vida, de controlar los resultados, de evitar el malestar y de asegurarnos de que estamos haciendo las cosas “bien”. Ese esfuerzo genera tensión. No porque estemos fallando, sino porque la vida nunca estuvo destinada a vivirse desde el conflicto interior.
El conflicto interior aparece cuando la realidad es de una manera y nosotros insistimos en que debería ser otra. Cuando lo que es se encuentra con resistencia, nace la lucha.
Integración en lugar de control
Cuando miramos con atención, vemos que la facilidad no viene de simplificar la vida, sino de integrarla. Como cuando aprendemos a manejar un carro. Al principio todo parece demasiado: las señales, los peatones, las reglas, coordinar manos y pies, estar atentos a lo que pasa dentro del carro y afuera al mismo tiempo. Requiere pensamiento, esfuerzo y concentración. Y poco a poco, algo se integra. Los movimientos se vuelven naturales. La atención se amplía sin esfuerzo. La mente deja de comentar cada acción. Manejar simplemente sucede.
Vivir no es diferente. La coherencia interior no se logra suprimiendo partes de nosotros ni escapando a las ideas. Surge cuando los distintos aspectos de nuestra experiencia humana empiezan a trabajar juntos en lugar de oponerse entre sí.
La presencia como base de la coherencia
La presencia es la base de esta integración. No como un ideal espiritual, sino como una realidad práctica. El cuerpo solo existe aquí y ahora. Cuando la mente vive en el pasado o en el futuro, se desconecta del cuerpo, generando tensión, ansiedad y confusión. La presencia vuelve a unir lo que estaba dividido. Permite que la percepción, la sensación y el pensamiento ocupen el mismo momento. Sin presencia, no hay alineación real.
La presencia nos devuelve al contacto con la realidad tal como es, no como creemos que debería ser.
Tierra y cielo: trascendencia encarnada
Desde la presencia, nos reconectamos de manera natural con dos dimensiones fundamentales de nuestra experiencia: la Tierra y el Cielo. El enraizamiento no es un concepto abstracto. Es el simple reconocimiento de que estamos aquí, ahora, en este cuerpo, en este planeta, viviendo una vida humana concreta. Al mismo tiempo, hay una apertura hacia algo más grande que nosotros: una inteligencia, una sabiduría, una realidad que va más allá de lo visible.
Cuando nos inclinamos solo hacia una de estas dimensiones y descuidamos la otra, aparece el desequilibrio. Demasiado cielo sin tierra nos desconecta de la vida. Demasiada tierra sin cielo puede sentirse pesada o cerrada. La coherencia interior surge cuando habitamos ambas al mismo tiempo: plenamente humanos y plenamente conectados.
Los tres centros de la experiencia humana
Dentro de esta apertura enraizada, tres centros organizan nuestra experiencia humana.
El centro mental nos ayuda a recibir información, comprender la realidad y orientarnos en el tiempo. No es un enemigo; es una herramienta esencial. Pero cuando vive desconectado de la presencia, se vuelve inquieto, atrapado en la memoria y la anticipación.
El centro emocional refleja cómo nos estamos relacionando con la experiencia. Las emociones son señales, no órdenes. Nos indican algo que quiere ser visto, comprendido o integrado.
El cuerpo contiene una inteligencia más profunda. Guarda memorias, patrones de protección, información ancestral y un instinto vital muy preciso. Pero el cuerpo también guarda trauma, y no toda sensación es verdad. Se necesita discernimiento.
Cuando estos centros están desconectados, el conflicto interior aumenta. Cuando empiezan a comunicarse, el sistema se suaviza.
El corazón como regulador y puente
Lo que armoniza estos centros es el corazón, no como emoción, sino como centro de sabiduría. El corazón es donde opera el amor, no como apego o sentimiento, sino como aceptación. El amor aquí no se trata de gustar o aprobar, sino de permitir lo que es, sin resistencia.
El corazón regula el sistema nervioso. Recibe información más allá de la historia personal y la traduce para que la mente la comprenda y el cuerpo la reciba. Cuando el corazón está activo, el sistema se calma. La claridad aparece sin esfuerzo.
El amor como fuerza que sostiene el flujo
El amor, en este sentido, es la fuerza que sostiene la coherencia. No el amor emocional, no el amor que necesita o se aferra, sino el amor como rendición, confianza y apertura. El amor no corrige la realidad; la encuentra. Permite que las cosas sean como son.
Si algo es rojo, el amor no insiste en que debería ser amarillo. Ve el rojo con claridad, completamente y sin discusión interna. Desde esa claridad puede surgir una acción adecuada, pero sin guerra interior.
Esta cualidad de amor mantiene la vida en movimiento, en inteligencia, en flujo. La sabiduría no viene del esfuerzo ni del control. Surge naturalmente cuando la resistencia se disuelve.
Unidad, espejos y relación
Desde este lugar, nuestra relación con el mundo cambia. Empezamos a percibir la vida como un todo y no como partes separadas. La sensación de separación se suaviza. Los otros ya no son obstáculos ni problemas que resolver, sino expresiones de la misma realidad viva de la que hacemos parte.
No porque se comporten perfectamente, sino porque pertenecen. El respeto y el honor surgen naturalmente cuando reconocemos este suelo común. Lo que encontramos afuera refleja algo adentro. La vida nos espeja, no para juzgarnos, sino para mostrarnos.
Confianza, ego y la ilusión del control
La confianza se vuelve posible cuando vemos que el control nunca fue real. El ego, tantas veces mal entendido, no es un enemigo. Es una función, un rol dentro de esta experiencia humana. No necesita ser destruido ni perfeccionado. Solo necesita ser visto como lo que es: un reflejo, no la fuente.
La inteligencia más profunda que organiza la vida siempre ha estado operando. La confianza no se gana. Es inherente. Cuando dejamos de manejar la vida desde el miedo, algo se relaja. Las acciones siguen ocurriendo, las decisiones se siguen tomando, pero nacen de la coherencia y no del conflicto.
La dificultad sin resistencia
La vida no deja de presentar desafíos. Los momentos difíciles siguen apareciendo. La diferencia ya no está en lo que ocurre, sino en cómo lo encontramos. En lugar de resistir lo difícil, lo reconocemos. Lo permitimos. Aprendemos de ello. Lo atravesamos sin el apego a cómo las cosas deberían haber sido.
Esto no es resignación. Es inteligencia. Es el fin de la lucha interior.
Qué significa realmente coherencia
La coherencia es el estado que surge cuando no hay oposición interna a la realidad.
Significa que pensamiento, emoción, cuerpo y corazón están alineados con lo que está ocurriendo ahora. No hay una discusión interna entre “esto es” y “esto no debería ser”. La energía deja de desperdiciarse en resistencia, corrección o auto-protección. El sistema nervioso puede descansar. La claridad se vuelve accesible. La sabiduría puede ser recibida.
Vivir sin conflicto interior no significa que la vida se vuelva fácil o indolora. Significa que la lucha contra la vida termina. Dejamos de pelear con lo que ya está aquí. Dejamos de fragmentarnos. Encontramos la realidad tal como es, y desde ese encuentro surge el movimiento adecuado.
Eso es coherencia:estar alineados con la realidad,conectados con nosotros mismos,y abiertos a la inteligencia que ya nos está viviendo.
Esto no es algo que haya que lograr. Es algo que hay que recordar.
Por Katiana




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