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La gran tentación de olvidarme de mí


Algo que parecía amor

Quiero compartir algo que me tomó mucho tiempo ver, no porque estuviera escondido, sino porque llevaba algo que se veía muy bien. Parecía cuidado, generosidad, amor. Durante mucho tiempo no lo cuestioné, ¿y por qué lo haría? Era algo valorado. Fomentado. Incluso esperado. Solo más adelante me di cuenta de que eso que yo creía que era amor muchas veces estaba mezclado con otra cosa, algo más silencioso y más pesado, algo muy cercano al miedo.


Estar orientada hacia los demás todo el tiempo


Hablo de una forma de estar casi siempre dirigida hacia los demás. Estar disponible. Estar atenta. Estar presente. Acordarme de llamar. Preguntar cómo están. Anticiparme a las necesidades. Sentir que soy responsable de cómo otros podrían sentirse si no aparezco de la “manera correcta”. A primera vista, esto parece amabilidad. Y en parte lo es. A mí sí me importan las personas. Eso es real. Siento a la gente. Me conmueve lo que viven. Y a veces eso duele. Eso también es real.


La culpa de fondo que nunca se iba


Pero junto a ese cuidado, empecé a notar otra cosa. Una tensión. Una presión interna. Una culpa de fondo que nunca desaparecía del todo. No importaba cuánto hiciera, siempre estaba la sensación de que no era suficiente. Que podía haber hecho más. Haber estado más presente. Haber apoyado mejor. Haber sido más disponible. Era como si hubiera una regla interna que decía: si alguien está pasando por algo, yo debería estar ahí. Y si no estoy, algo está mal conmigo.


Cómo esto vivía en mi cuerpo


Esta no era una regla que yo hubiera elegido conscientemente. No aparecía como un pensamiento claro. Vivía en el cuerpo. Se manifestaba cuando intentaba descansar. Cuando quería estar sola. Cuando quería salir a caminar sola en lugar de invitar a alguien. Cuando estaba meditando y sentía el impulso de interrumpirme porque alguien entraba al espacio y yo pensaba que debía saludar, hablar, atender. Incluso los momentos que me nutrían venían acompañados de una sensación sutil de estar haciendo algo mal, como si estar conmigo misma necesitara una justificación.


Cuando empecé a mirar la culpa en vez de pelear con ella


En algún momento dejé de intentar deshacerme de la culpa y empecé a mirarla. Noté que aparecía con más fuerza cuando me elegía a mí. Cuando bajaba el ritmo. Cuando no contactaba a alguien de inmediato. Era casi como si la culpa fuera la señal de que había cruzado una línea invisible, una línea que decía que mi rol era dar, no descansar.

Entonces empecé a hacerme preguntas simples. No acusatorias. Solo honestas. ¿Qué tipo de amor me pide estar agotada? ¿Qué tipo de cuidado exige que esté ansiosa, tensa, frustrada o al límite? No me estaba juzgando. Estaba tratando de ver con claridad.


Cuando cuidar se volvió cargar


Lo que vi fue que mi forma de cuidar se había mezclado con un sentido de responsabilidad. Cuidar ya no significaba solo sentir cercanía o atención. Significaba cargar. Cargar emociones que no eran mías. Cargar escenarios en mi cabeza sobre cómo otros podrían sentirse. Cargar el miedo a decepcionar. Con el tiempo, ese peso se fue acumulando. Y mi cuerpo reaccionó: cansancio, tristeza, irritación, a veces incluso rabia.


El verdadero miedo debajo de la culpa


Al quedarme con esta exploración, apareció algo mucho más vulnerable. Debajo de la culpa había un miedo muy concreto: el miedo a que los demás pensaran que yo no los amo. La idea de ser vista como distante, indiferente o fría me resultaba profundamente amenazante.


Y cuando miré aún más profundo, vi que ese miedo estaba unido a otro: el miedo a que ellos no me amaran a mí. O a que su amor dependiera de mi esfuerzo, de mi disponibilidad, de mis pruebas. A que si no demostraba suficientemente mi amor, tal vez no sería aceptada tal como soy.


Así aprendí a mostrar el amor. A hacerlo visible. A asegurarme de que fuera claro. Sin darme cuenta, el amor se volvió algo que tenía que demostrar, en lugar de algo en lo que podía descansar.


Cómo aprendí a hacerme pequeña


También noté lo fácil que era para mí hacerme pequeña cuando me sentía malinterpretada. Si mis intenciones no eran vistas, si me percibían como distante o como “demasiado”, me contraía. Me ajustaba. Abandonaba partes de mí para restaurar el vínculo. No porque no me valorara, sino porque la pertenencia parecía más urgente que la honestidad.


Darme cuenta de que el dolor que sentía era mío


Otro giro importante llegó cuando miré el dolor que sentía frente al sufrimiento de los demás. Siempre había creído que, como ese dolor aparecía en respuesta a lo que el otro vivía, le pertenecía a él. Que yo estaba sintiendo su dolor. Pero al mirar más de cerca, vi que el dolor que se movía en mi cuerpo era mío: mi sensibilidad, mi historia, mis partes aún abiertas que se activaban. El sufrimiento del otro era real, pero lo que yo sentía me pertenecía.


Comprender los espejos desde la experiencia


Ahí fue cuando la idea de los espejos empezó a tener sentido para mí, no como un concepto, sino como una experiencia vivida. Cuando veo a alguien en dolor, muchas veces eso refleja algo vivo en mí. Por eso me toca. El reflejo no significa que yo sea responsable de su dolor. Significa que algo en mí se reconoce.


Antes, yo añadía inconscientemente mi propio dolor al suyo. Sufría por su sufrimiento. Dolor encontrándose con dolor hacía que todo se volviera más pesado.


Amar primero mi propio dolor


Lo que realmente transformó las cosas fue aprender a amar primero mi propio dolor. No para corregirlo ni hacerlo desaparecer, sino para encontrarme con él. Quedarme con el miedo a no ser amada, con la necesidad de ser aceptada, con la tristeza de sentirme invisible, y llevar todo eso a la luz en lugar de actuarlo a través del exceso de dar.


Cuando hago eso, el dolor no desaparece, pero se suaviza. Deja de dirigir mis acciones. Y cuando me encuentro con el dolor de los demás, ya no necesito añadir el mío para amar. Puedo ver su sufrimiento desde el amor, no desde mi herida.


Cuando el dolor se encuentra con el amor y no con más dolor


En ese sentido, “oro” en amor por el dolor: no intentando quitarlo, sino negándome a alimentarlo con más dolor propio. Cuando el dolor se encuentra con el dolor, todo se contrae. Cuando el dolor se encuentra con el amor, algo se abre. La situación puede ser la misma, el sufrimiento puede seguir ahí, pero la calidad es distinta. Menos urgencia. Menos esfuerzo. Más confianza.


Amar sin abandonarme


Esto no me vuelve indiferente. Sigo sintiendo. Sigo cuidando. Lo que cambia es que el amor ya no me exige abandonarme. Puedo amar sin probar. Cuidar sin cargar. Y aceptar que, incluso si a veces soy malinterpretada, el amor sigue intacto.


Otra forma de estar con el amor


Desde aquí, la vida se siente menos como una actuación y más como una conversación. Menos como un examen que puedo perder, y más como un espacio que estoy aprendiendo a habitar con honestidad. No me siento “llegada”. No me siento resuelta. Lo que siento es más espacio, más suavidad, y una curiosidad tranquila por lo que se vuelve el amor cuando ya no necesita ser probado.


Por Katiana


 
 
 

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