Una Historia de Iluminación
- Katiana Cordoba

- hace 7 días
- 4 Min. de lectura

Esta es una historia sobre la iluminación.
No sobre convertirse en alguien iluminado,
sino sobre recordar lo que siempre ha sido verdad.
Había una vez un reino tan amplio y fértil que se decía que incluso el aire transmitía una sensación de calma y protección. En el corazón de ese reino vivía un rey y su hijo, un niño de diez años. El niño era curioso, vivaz, lleno de preguntas. Caminaba por el palacio como si el mundo fuera un lugar seguro, porque para él lo era.
Una tarde, cuando la luz era espesa y dorada, algo ocurrió.
Un día, el niño salió a jugar.
Nadie recuerda con exactitud hasta dónde llegó, ni en qué momento los caminos conocidos desaparecieron detrás de él. Lo cierto es que, sin darse cuenta, entró en el bosque y se perdió. Al principio pensó que podría regresar. Pero cuanto más avanzaba, más cambiaba el paisaje. Los árboles se cerraban. La luz se apagaba. Las direcciones dejaban de tener sentido.
El miedo apareció.
Llamó, pero nadie respondió. Al caer la noche, el pánico se instaló en su cuerpo. Buscando protección, descendió: hacia la tierra, hacia cuevas, hacia lugares donde pudiera esconderse. Siguió avanzando, ya no movido por la curiosidad, sino por el terror. No sabía a dónde ir. Solo sabía que no podía quedarse quieto.
Lo buscaron. El reino entero lo buscó. Pero había llegado demasiado lejos, arrastrado por el miedo hacia lugares donde nadie pensó mirar.
En el camino se cruzó con personas que lo trataron mal. Aprendió la dureza antes que la ternura. La escasez antes que la abundancia. Su vida se volvió un trayecto de peligro constante, de hambre, de no sentirse jamás a salvo. Poco a poco, la seguridad que una vez conoció se fue borrando de su cuerpo y, con el tiempo, incluso el recuerdo del reino empezó a desvanecerse.
El niño creció en la escasez.
Fue tratado con dureza. Se le habló como si valiera poco. Una y otra vez le dijeron que no merecía demasiado, que debía conformarse con migajas, que esperar más era peligroso. El trauma se instaló en sus huesos. Su cuerpo aprendió el miedo antes que el descanso. Su sistema nervioso aprendió la vigilancia. Su mente aprendió la carencia.
Con el tiempo, olvidó.
Olvidó el sonido del palacio. Olvidó el aroma de la abundancia. Olvidó cómo se sentía la seguridad. Aprendió a esconderse. A hacerse pequeño. A sobrevivir. Vivía como si el mundo pudiera arrebatarle todo en cualquier momento, porque ya lo había hecho.
Pasaron los años. Luego las décadas.
Cuando cumplió cuarenta, ya no recordaba haber sido alguien distinto.
Vivía como un hombre pobre, no porque lo fuera, sino porque esa era la única vida que su cuerpo conocía. Habitaba cuevas, habitaciones estrechas, espacios interiores cerrados. Esperaba el peligro incluso en el silencio. Sobrevivía con poco, convencido de que poco era todo lo que existía.
Y entonces, un día, sin aviso, algo se abrió por dentro.
No fue dramático. No hubo relámpagos. Ni voces del cielo. Solo un instante —silencioso, inconfundible— en el que algo dentro de él se reconoció a sí mismo.
Descubrió la verdad.
Era el hijo del rey.
Al principio le pareció imposible. Como una historia destinada a otro. Pero cuanto más escuchaba, más algo antiguo despertaba en él. Una familiaridad. Un saber que no venía del pensamiento.
El reino seguía existiendo. Siempre había estado allí.
Cuando regresó, tembloroso y lleno de dudas, las puertas se abrieron como si nunca se hubieran cerrado. Y allí, exactamente donde siempre había estado, estaba su padre.
El rey no hizo preguntas.
No pidió explicaciones.
No preguntó dónde había estado.
Sonrió.
Abrazó a su hijo con una alegría que parecía más antigua que el tiempo. No hubo reproche. Ni decepción. Solo alivio. Como si el rey nunca hubiera dudado del regreso, solo lo hubiera esperado.
Se preparó una celebración. La música llenó los salones. La comida desbordó. La gente se reunió no para juzgar, sino para recibirlo. El hijo estaba allí, sobrepasado, incapaz de comprender cómo no había nada malo en él, cómo nunca había sido su culpa.
Ese fue el primer impacto.
El segundo llegó cuando empezó a verse a sí mismo a través de los ojos del reino.
Le hablaron de su naturaleza. Su naturaleza real. No como un título que debía ganarse, sino como algo con lo que había nacido. Podía dar órdenes, sí, pero también recibir. Podía dar, sin perderse. Podía ocupar espacio. Podía descansar.
Todo eso le parecía irreal.
Caminaba por el palacio como alguien que todavía espera que el suelo desaparezca bajo sus pies. Su cuerpo no confiaba en la abundancia. Sus manos aún se aferraban a pérdidas imaginarias. Su respiración seguía corta, como si el peligro se escondiera detrás de las cortinas.
Le decían: “Estás a salvo”.
Él lo creía.
Y aun así, su cuerpo dudaba.
Porque saber no borra la memoria de inmediato.
Poco a poco, volvió a aprender.
Su postura se suavizó. Su respiración se hizo más profunda. Necesitaba repetírselo: *ahora estoy a salvo*. Una y otra vez. Y con el tiempo, el cuerpo empezó a escuchar.
Las ropas reales le resultaban extrañas al principio, casi pesadas. Dudaba si las merecía. Temía ser visto. Por dentro aún se sentía pobre, incluso rodeado de oro. No era falsedad. Era el pasado aflojando su agarre.
Aprendió a recibir. Despacio. Con cuidado. Antes, recibir había significado peligro. Ahora significaba equilibrio.
Aprendió que dar no exigía sacrificio. Que el servicio podía nacer de la plenitud. Que la autoridad no necesitaba fuerza. Que la seguridad podía compartirse.
Nadie lo apuró.
El reino había esperado cuarenta años. Podía esperar más.
Y un día —sin un momento claro de llegada— se dio cuenta de que ya no cuestionaba su lugar. Ya no intentaba demostrar nada. Ya no se preguntaba si pertenecía.
Vivía desde su centro.
Y en ese vivir apareció el alivio.
Nada que arreglar. Nada que perseguir.
Apareció el reconocimiento.
Esto nunca había sido convertirse en otro.
Y apareció el permiso.
Para tomarse tiempo. Para integrar. Para dejar que el cuerpo alcance a la verdad.
Esto es la iluminación.
No convertirse en alguien iluminado.
Sino recordar quién eres
y permitir que la vida crezca de forma natural
desde ese recuerdo.
Siempre estuvo en casa.
No porque hubiera cambiado,
sino porque recordó
y dejó de esconderse de lo que siempre fue verdad.
Por Katiana




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